martes, 28 de abril de 2015

LA ROSA-CRUZ


Hemos estado trayendo estas semanas atrás hasta este pizarrón algunos post  sobre sobre la relación del Rosacrucismo y la Masonería, tema complejo y espinoso con muchas aristas en ocasiones difíciles de afrontar.

Por tanto para cerrar este punto y de una manera  no tan relacionado con la masonería, no estará de más leer los que escribió un intelectual de primera talla, francmasón, y Vº Orden de Sabiduría del Rito Francés, como fue Charles Porset. además de erudito del Síglo XVIII, miembro del Gran Oriente de Francia(GOdF) sobre el tema Rosacruz y algunos de sus postuladores.

No es una reflexión directa sobre masonería y la Rosa Cruz pero no estará de más ver la opinión que le merece el tema al Hermano Charles Porset

LA ROSA -CRUZ

Se vuelve a un asunto que se creía cerrado después de los trabajos de Paul Arnold (1955-1990) pero hay que manejarlo con cierta cautela y sobre todo a partir de los trabajos de Bernard Gorceix (1970) y de Roland Edighoffer (1928-1987) textos resumidos en el libro ¡Que sais-je¡ 1982. Edición revisada y corregida.

Aunque el tema no parece tan cerrado como se creía, pues de manera recurrente aparecen obras que de nuevo vuelven sobre tal cuestión, no aportando nada de nuevo, más allá de entretener la curiosidad del público, que a menudo ignora todo aquello que desde una perspectiva muy seria se ha escrito sobre tal sujeto de estudio, en el que unos se limitan a contar y otros a oír historias.

Todo ello proviene de la literatura rosacrucista que por canales diversos se ha mantenido vigente hasta nuestros días. Ello sin hablar de AMORC (Antiquus Mysticusque Ordo Rosae Crucis) cuyo origen es reciente ya que es la obra de Paúl Sédir , sinónimo de Yvon Le Loup, el cual aporta una idea de las filiaciones imaginarias que se reconocen como rosacrucistas, y que según ellos mismos, se pierden en la noche de los tiempos: «la Rosa-Cruz es esencial, existe puesto que hay hombres terrenales y porque hay función inmaterial de la tierra» Sin duda « su nombre esencial no aporta nada más que en la Europa del Siglo XVIII»

Pero con cierta prudencia por su parte ya de que dicho secreto no podrá ser entendido por todos, luego cita a los más reputados «alquimistas» por estar en lo probable.

Sédir, considera que los «verdaderos» representantes de la Rosa-Cruz son los guardianes de la tradición esotérica, los interpretes de la luz del Evangelio, los esclarecedores y los anunciadores de la llegada del Espíritu Santo.

Porqué no. Pero esta no es la preocupación del historiador, por eso el ángulo adoptado por Didier Kahn es otro dentro del primer volumen de una anunciada trilogía sobre Alchisme et paracelsisme en France (1567-1625) el cual se ha publicado en el año 2007

De las 808 páginas con las que cuenta la introducción al corpus paracelsiano, yo me detendría en el capítulo dedicado a la Rosa-Cruz (pa. 413-499) que brutalmente se titula como la Mistification rosicrucienne, y tras cuya lectura uno se da cuenta de que se trata de una bella y bien articulada mistificación, Kahn conocido por sus trabajos sobre alquimia medieval editor de Thomas Vaughan, colaborador activo de Chysopeia,revista académica publicada por Sylvain Matton, especialista en Diderot, puesto que coordina sus Obras Completas, publicadas por Hermann.

 Didier Kahn investigador de la CNRS, no está interesado en separar la realidad de la ficción que han escrito los alquimistas, para que sus teorías sean inteligibles y permitirnos con ello comprender el lugar que les asignaron en su en su tiempo y su papel en la historia cultural de la época Su propósito no es escribir una historia hermética del hermetismo, sino hacer el hermetismo inteligible a todos (excepto quizás para sus seguidores) sin fatigar al lector con las profesiones de fe y las «revelaciones» que son más bien propias de interesar a algunos capuchinos en caballo o desheredados masones.

El lector no prevenido, y no atormentado por la cuestión del «significado» o de la «verdad» aprenderá mucho frecuentando la lectura de Didier Kahn que ha leído todo, por y sobre, la literatura alquímica de la época, sin alimentar prejuicios o prevenciones innecesarias nos apresuramos a calificar como positivistas.

 Su preocupación es científica. Él nos ofrece un modelo de inteligibilidad susceptible de darnos cuenta de una época bastante lejana de la nuestra, de manera que los efectos de espejo se disipen, pero a la vez hablando un idioma que entendemos todavía y que, por lo tanto, nos habla. Este doble escollo tiene otro reto y es superar un tercero: es que la cuestión de la alquimia que sigue siendo un tema candente y es lo que «hace perder la cabeza a las mejores espíritus». 

Evoco finalmente que Sédir, por la falta de definición junto con todos sus amigos, Guaita, Péladan, Papus, fue acusado de engaño cuando posteriormente se convirtió al catolicismo, o así pareció. Pero, podríamos evocar a Serge Hutin, todavía alumno de Alexandre Koyré, con el cual estudiaba a los platónicos de Cambridge o a Boehme, delirando cuando habla de la alquimia; y podríamos mencionar otros, pero su número es tan alto que resultaría tedioso.

Sin detenernos más que en las sanas precauciones metodológicas tomadas por Didier Kahn, llama la atención en su trabajo la marcada preocupación por colocar a la alquimia (tiene cuidado de no definirla por no fijar una ortodoxia) en el contexto cultural de su tiempo: son alquimistas aquellos que se consideran como tales, o los considerados como tales por sus contemporáneos. 

Al hacerlo evita la trampa de la teología, que a partir de la química de Lavoisier describió a los alquimistas como espíritus esencialmente crédulos ignorantes, o lo que es lo mismo, como descarados impostores. 

Porque si el sentido común conduce a pensar que los imbéciles y los «tontos» existen en todos los tiempos (y en todos los países), el mismo sentido común debería convencernos de que ni Vanini, ni Bruno, ni muchos otros menos conocidos, que se metieron de cabeza en el arte de la transmutación en oro, no eran ni locos ni impostores - ni Newton comentando el Apocalipsis de San Juan mientras escribía sus principios matemáticos. 

El buen método, en historia, consiste por tanto, en partir de lo que escribieron, cómo lo escribieron, la difusión de sus obras, la posición ocupada en la sociedad de su tiempo, las limitaciones materiales a las que se enfrentaron, para entender su universo mental, sin proyectar nuestras fantasías, nuestras certezas y, francamente, nuestros prejuicios.

La mistificación rosacruz aparece en Francia alrededor de los años 1623‑1624; y se inscribe explícitamente en el movimiento paracelsiano (que reduce el universalismo puesto que no retine los aspectos alquímicos). La cuestión se hizo pública en el verano de 1623, cuando aparecieron carteles en París anunciando la presencia de «destacados miembros del Colegio de los Hermanos de la Rosa Cruz» dotados de poderes maravillosos, ansiosos de extirpar los errores mortíferos compartidos entre sus contemporáneos. 

No podía considerarse como un hecho real si algunos se habían apropiado de este anuncio para transformarlo en un evento excepcional en el Occidente cristiano, que acreditase la permanencia de una tradición alquímica que sería finalmente revelada. De repente las mejores mentes se involucraron y lo que iba a ser sólo una broma se convirtió en un hecho social total, parafraseando a Marcel Mauss.

"¿Quién escribió lo que destellaban les Plancards de 1623 -pregunta Didier Kahn- y con qué fines? ¿Y eran varios textos independientes los unos de los otros? ¿Qué reacciones suscitaron ellos exactamente?”. Tales preguntas reubican el caso en su verdadero terreno, que es, por supuesto es sociopolítico; y que al parecer estaba íntimamente vinculado al fuerte combate para que se opusiera la ortodoxia ante las corrientes libertinas.

 El paracelsismo reivindicaba en las plancards los costos de la polémica y, por tanto, se reducirá a la real o supuesta alquimia de los Rosacruces. Al igual que la historia del diente de oro reportado por Fontenelle, será la economía de una investigación preliminar, cuyo único interés era centrarse en los formidables poderes de estos sabios dispensadores de un nuevo evangelio.
El caso pudo haber extinguido por sí mismo y si no hubiera sido por las intervenciones de Baillet y Mersenne mezclando a Descartes y los Invisibles, y nos hubiéramos quedado en las controversias ordinarias que tienen los más doctos entre ellos y a veces al público interesado. Pero, por razones que aún no se han analizado, este no fue el caso, y desde muy temprano, la Rosa Cruz se convirtió en la manzana de la discordia. Didier Kahn hace las preguntas correctas, analiza los textos, identifica su (s) autor (es), discute las pruebas y concluye con los mejores especialistas en la impostura de Étienne Chaume.

Esta constatación, finalmente banal, le da la oportunidad de retornar por un momento a la historiografía del tema. Separa la importante figura de Frances Yates como obra documentada, en gran medida completada ya sobre Giordano Bruno, que había impuesto a la comunidad científica. Sus investigaciones posteriores habían conducido a estudiar la Rosa‑Cruz que, según ella, tenía sus orígenes en una tradición británica que se fundó en el simbolismo de la Orden de la Jarretera y en el hermetismo de John Dee; asociado con el matrimonio de Federico V con la propia hija de Jocobo I de Inglaterra -muy esperada (?) por los calvinistas- Yates vio en este sincretismo la retaguardia de un plan místico de la guerra de los treinta años. Paso sobre los detalles. La hipótesis no era nueva, pero si era controvertida, y sin demora, y de manera muy argumentada, los especialistas refutaron punto por punto la tesis avanzada.

La desdicha es que no leemos a los especialistas y que el público «cultivado» en ignora por completo los argumentos de Roland Edighoffer y de Carlos Gully, que han retenidos solo aquellos más atractivos de la Iluminación Rosacruz de Yates, publicada en 1972, con una precipitada traducción de nuevo en 1978, bajo el título la Luz de la Rosa‑Cruz.

Aunque científicamente desacreditada, la tesis sigue siendo la referencia absoluta para muchos, ya que es cierto que las buenas noticias son lentas en llegar ¡y luego de imponerse!

Para volver al tema, creo que todo el mundo habrá olvidado el oscuro caso de las plancards, colocadas en la noche en las puertas de las iglesias, si Adrien Baillet, biógrafo de Descartes, no hubiese inventado todas las piezas de este episodio donde dice que el filósofo había viajado a París para encontrarse con los autores de dichos manifiestos. ¿No era atrevido asociar al fundador del racionalismo a los despropósitos rosacruces e insistir en sus orígenes ocultos? De repente los «sueños» de Descartes tomaron un significado totalmente distinto, como su devoción a la virgen de la Salette, y se redirigió al abismo el racionalismo que al parecer nos había entregado.

En realidad el fenómeno rosacruz en el siglo XVII, es uno de los primeros síntomas de la crisis de la conciencia europea, como Paul Hazard se dará cuenta entre 1680 y 1715, crisis que en este episodio se ve la confusión del paracelsianismo y el libertinaje (Vanini había sido quemado en Toulouse, Théophile de Viau encarcelado); ello testimonia las dificultades de la cuestión religiosa en una situación agrietada por diferentes protestantismos. Amalgamando lo natural y lo sobrenatural, la alquimia se presenta como uno de los principales obstáculos encontrados por la ortodoxia; ella deviene en el compañero de ruta de los libertinos, los escépticos, en una palabra «espíritus fuertes» de los que Pascal estaba lejos de ser insensible.

Aun así, eso lo hizo que la «revolución galileana», en la que Descartes estuvo involucrado, ya nada fuera como antes. Si Newton fue el último de los magos, como hemos dicho, también fue el medio que permitió el paso de la «alquimia operativa a la alquimia especulativa». Una nueva era comenzó, a excepción de algunos retrasados, pero esto es harina de otro costal...

La obra de Didier Kahn junta las piezas de un expediente que, uno sospecha, no será del gusto de espíritus perezosos que se oponen a la docta ignorancia, la almohada suave de la ortodoxia, o incluso la credulidad. Fue en esta época que Saint‑Evremond, exiliado, escribió al padre Canaye una famosa carta que no reporté por falta de espacio, pero que puede tener algún párrafo para ser leído en las escuelas...

Principales libros citados
  • Didier Kahn, Alquimia y Paracelsianismo en Francia (1567‑1625), Ginebra, Librería Droz, 2007.
  • Sédir, Historia y doctrinas de la Rosa‑Cruz, París, Biblioteca de las Amistades Espirituales, 1932.
  • Paul Arnold, Historia de la Rosa‑Cruz y los orígenes de la Francmasonería. Ensayo. Prólogo de Umberto Eco, París, Mercurio de Francia, 1990.
  • Bernard Gorceix, la Biblia de la Rosa‑Cruz, París, Prrensas Universitarias de Francia, 1970.
  • Roland Edighoffer, Rosa‑Cruz y sociedad ideal según Johann Valentin Andreae, Neuilly‑sur-Sena, Arma Artis, 1982‑1987, 2 vols.
  • Frances Yates, La Iluminación Rosacruz, Londres, Routledge y Kegan, 1964 (trad. París, CEIJ, 1978; reed. París, Retz, 1985).
Las obras y artículos fundamentales de Carlos Gily desafortunadamente nunca se han traducido. Encontramos una extensa bibliografía en la tesis de Didier Kahn.

Charles Porset.

Para saber más de Charles Porset:
Traducción libre y aproximada de Víctor Guerra